Sábado, 4 de Julio 2009.
Día, al igual que esta tierra, de contrastes. Empezamos saliendo con una fina capa de lluvia de Reikjavik y acabamos en Pinguellir, a mitad de camino, 51 kilómetros, a mitad de la ruta prevista, llegar hasta Gullfoss. El espíritu humano poseé una inagotable capacidad para la ensoñación, la imaginación, la fantasía, y claro está, ésta faceta del ser humano se da de bruces con la realidad. 51,66 km realizados en condiciones meteorológicas adversas y lastrados con el peso de las necesidades en las alforjas, no son lo mismo que 51,66 km hechos sin equipaje y en un agradable día primaveral por nuestra estimada sierra de Collserola. La racionalidad tiene estas trampas, absorve la realidad trazando analogías, que aunque sobre el papel pueden ser válidas, sobre la práctica resultan muy diferentes, hasta diametralmente opuestas.
En el mismo instante en que abandonamos el cobijo de las calles de Reikjavik y nos alejamos de élla a través de sus autovías empezamos a ser conscientes de la dura y famosa realidad que nos espera: el viento. Una invisible pared, un tedioso muro que constantemente te va frenando, aullando y resoplando, taladrando tu mente hasta derrotar tu moral y obligarte a detener la marcha, a doblegar tu voluntad y postrarte ante la inconmensurable fuerza de la naturaleza. Para que se hagan una idea, en los trozos llanos de carretera había que recurrir al plato pequeño, y en las bajadas al plato mediano y pedalear con energía, como si estuvieras subiendo en vez de bajar. La mínima pendiente positiva se convertía en toda una odisea, en un gran puerto de montaña, hasta llegar al punto de aborrecer el viaje. Inevitablemente llegas a un punto de agotamiento en el que te planteas el porqué de este sufrimiento, si vale la pena, si sobrevaloramos nuestras fuerzas y si hay que replantear el viaje.
Parece un rasgo característico y definitorio, todo ciclista tiene un lado masoquista, ya que el propio ejercicio de la bicicleta conlleva dolor, esfuerzo, y esto parece ser del agrado del ciclista en su constante afan de superación.
Tras examinar en númerosas ocasiones el mapa y tras llegar al agotamiento, más mental que físico en la lucha contra el viento, decidimos recortar la etapa y parar en Pinguellir, pequeño pueblo situado a orillas del lago pingvallavatn, con un parque nacional donde encontramos la división de las placas tectónicas norteamericana y europea, y en consecuencia encontramos unas enormes cañones y grietas en el lugar.
Resulta asombroso observar con que facilidad las pasiones humanas nos llevas del drama a la comedia en un instante. Si llegabamos en condiciones lamentables a Pingvellir, tras una ducha y una comida decente ya vemos la vida con otro color. Paseando a pie por los alrededores descubrimos las espectaculares brechas (Sí, como las famosas escletxas del Papiol) que separan la tierra en dos. Despues cogemos las bicicletas y nos damos en tranquilo paseo en el que descubrimos otras brechas más espectaculares aún si cabe, ya que éstas conducen jugetonamente un caudal de agua hasta el lago, paseo en el cual nos encontramos con senderos, árboles, raros de hallar en la isla, pasarelas,puentes, cascadas, en fin, todo un despliege de maravillosas y bellas formas de la naturaleza en su estado más salvaje.
Todavía no estamos mentalizados con la luz solar y caemos en la falsa sensación de media tarde acabando por cenar a las 11 y de irnos a dormir a las 12, tarde, muy tarde.
1 comentari:
El viajecito promete eh?
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