Lunes, 6 de Julio 2009.
Suena el despertador, las siete de la mañana. Que bien se duerme en una cama convencional después de dos días de acampada. Nos levantamos rápidos, con energías, dispuestos a salir temprano. Tomamos un primer café rápido y ordenamos la habitación para irnos cuando...Oh! Sorpresa! Son las cinco de la mañana!
Sí, el reloj del móbil no estaba ajustado con la hora local, sino que aún marcaba la hora de Barcelona, dos horas de diferencia. Sin mucho insistir, nos ponemos de nuevo a dormir. Ring! Las ocho, hora local, las diez de la mañana en la peninsula ibérica, nos levantamos, comemos pasta y en marcha, son las 9:30, hemos ganado dos horas respecto a los días anteriores.
Rodamos, por una recta que parece extenderse hasta el infinito, a buen ritmo y pronto llegamos a Gulfoss, primer punto de interés del día. Aqui encontramos otro de esos típicos paisajes de foto de postal. Por una de esas grietas que abundan por la isla baja un caudal de agua procedente de uno de los glaciares y el deshielo, llegado al punto de Gulfoss la grieta se ensancha considerablemente y se crea una gran y espectacular cascada, el rio es absorvido por la tierra. Exploramos el lugar y proseguimos la marcha hacía el corazón de Islandia.
A los pocos kilómetros de Gulfoss la carretera se termina y empieza una pista de tierra, la primera impresión resulta agradable y una ilusión por entrar en tierras salvajes nos invade.
A los pocos metros la pista se torna tosca, abrupta, ruda, pedregosa y con muchas irregularidades, rizos y taca-taca. Todo esto convierte el pedaleo en algo costoso y fatigoso. La pista se va internando laboriosamente hacia austeras estepas, hacia un desierto de piedra y hielo, hacia el corazón de la isla, hacia la nada.
Por suerte los dioses son piadosos con nosotros y nos envían viento a favor para superar la dura pista. Vamos avanzando lentamente, en el horizonte se divisa un enorme glaciar, el tercero más grande de la isla, Langjökull, hacia el cual nos encaminamos. Pasamos sobre el lago Hvitárvatn, abastecido por dos morrenas del glaciar, y continuamos hacia el segundo glaciar más grande de Islandia, Hofsjökull.
Sobre los 50 km de recorrido empezamos a estar bastante agotados cuando de repente aparece al lado del camino, como surgido de la nada, un milagroso refugio de montaña.
Si hay algo que pone en evidencia la relatividad de las cosas es la continua variabilidad de las mismas en la escala de valores propia y personal de cada individuo. Como siendo el mismo producto, una taza de dudoso café caliente, puede cambiar diametralmente de valor. El mismo café que rechazaríamos escandalizados en caulquier cafeteria de Barcelona, lo adoramos y exaltamos en medio del desierto de piedra y hielo que configuran el interior de Islandia.
Parece que uno retorne a la vida después de un café caliente y unas galletas. Así pues, con energias renovadas, nos disponemos a continuar. La marcha se torna más lenta, debido a un empeoramiento de la pista y de nuestras fuerzas, y tras 10 km desde el refugio empezamos a entrar en crisis.
Otros 10 km más llenos de esfuerzo, piedras, baches y polvo y llegamos a un segundo refugio, donde decidimos descansar, comer comida caliente, asearnos y pernoctar. La jornada ha concluido tras 76 duros kilómetros.
La ruta de Kjölur está resultando curiosa. Encontramos bastante gente circulando por ella, con esos coches todoterreno que llevan las ruedas sobredimensionadas y que tan amablemente nos llenan de irregularidades el camino para nuestra diversión, no llega a pasar una hora sin que nos adelante algún tipo de vehículo. También encontramos caballos haciendo ruta, de hecho, los dos refugios que encontramos están equipados con cuadras, ya que es bastante habitual hacer excursiones a caballo por Islandia. Al llegar al refugio donde dormiremos encontramos a su cargo a una joven que vive en él durante los meses estivales. Resulta curioso ver como conviven con la soledad los habitantes de la isla. Sola, en medio de la nada, llegan dos personas a hospedarse y no entabla ninguna conversación más allá de lo estrictamente necesario para el alojamiento. Ningún interés, ninguna curiosidad, sencillamente sola, tranquila en su mundo.
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